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Cura Párroco, Roberto Priore “Es una ciudad que me encanta”

 

Tras varios años del Padre Martín Ripa, la Parroquia Nuestra Señora de la Purificación tiene nuevo sacerdote. Se llama Roberto Priore, quien desde su Las Flores natal viene a continuar con su misión en Ayacucho. En diálogo con Radio Ayacucho, el sacerdote realizó una recorrida por sus intenciones para nuestra comunidad.

¿Cómo lo ha recibido la comunidad?

Muy bien, en los primeros días he percibido que se trata de una comunidad muy cercana, donde uno puede tener un trato directo con la gente que es lo que uno busca, que es poder acompañar a la gente en el camino de la fe pero también poder prestar el oído para escucharla como también ser puente entre nuestros hermanos y el Señor.

Seguramente le llevará un tiempo poder conocerla más en detalle más allá que la aceptación fue inmediata…

Yo tengo 25 años de Cura y como me ha pasado siempre, habrá gente que te quiere y gente que no, gente que no coincide con tu forma de ser y de hacer tu tarea y otra que sí. Eso es parte de lo nuestro; le pasó al Señor y seguramente nos pasará a nosotros. Lo que sí, uno debe tratar de ser instrumento de la Misericordia del Señor y estar abierto a escuchar y acompañar, sobre todo de lo mío, desde la fe. Soy de Las Flores y mis mejores años han sido en comunidades chicas como Laprida, Rauch y ahora Ayacucho, donde son ciudades chicas con un trato más directo con la gente, donde se saluda siempre, con gente siempre en la puerta de la Parroquia.

Cuéntenos de usted…

No vengo de familia practicante ni he ido a colegio religioso sino que fui a una escuela normal, así que es obra de Dios. Me acerqué por un amigo a la Parroquia, comencé con los trabajos de jóvenes, y justo había unos sacerdotes españoles que estaban en Las Flores. Allí es que me di cuenta que esto era para mí y fue lo que decidí. En mi casa no entendían mucho y creían que era una de mis locuras, donde un día quería hacer una cosa y al otro, otra. Pero me mantuve firme y cuando terminé el Secundario ingresé al Seminario. Y la verdad, siempre me he mantenido firme y en 25 años he sido muy feliz. Y como para la formación entré muy chico, salí unos años por pedido del Obispo, empecé a estudiar otra cosa y luego volví. En mi casa les costó un poco aceptarlo pero lo hicieron. Es más, mi mamá dijo sobre esa etapa en la que me alejé del Seminario “cuando volviste al Seminario recuperaste la alegría”. Y por lo tanto la aceptación de ellos se dio cuando vieron que uno era feliz.

¿Qué ha sido lo mejor y lo peor en estos 25 años?

Lo mejor, no sé. Cada día tiene sus cosas lindas. Quizás, como Sacerdote, fue haber conocido a Juan Pablo II, cuando era más joven. Y después, desde lo pastoral, en todas las comunidades me he sentido pleno. Lo más difícil es cuando he querido hacer una tarea pastoral y no encontrás gente que te acompañe. Hay dos tipos de soledades; una de ellas es la afectiva y uno se acostumbra a estar solo y fíjate que cuando voy a mi casa, al tercero o cuarto día con el bochinche de mis sobrinos, me quiero ir (entre risas). Pero la otra, gracias a Dios acá no la he experimentado porque hay gente que te propone hacer una u otra cosa, quieren hacer una procesión, una movida. Uno encuentra una reciprocidad. Creo que lo más doloroso es la indiferencia. Es preferible estar a favor o en contra de algo porque uno puede dialogar, pero contra la indiferencia no se puede y eso es lo más feo.

Te notamos con un espíritu joven, no?

De joven me queda el espíritu (entre risas) ya que tengo 55 años. Reconozco que con lo jóvenes es más difícil porque cada vez me siento más lejos a la manera de pensar y por una cuestión de edad, pero en tal sentido es cuestión de encontrar la gente que te una a ellos. La realidad que lo que uno busca es lograr que la gente que venga a la Iglesia tenga ganas de volver, que más allá que piense distinto y tenga otras ideas, que cuando venga se sienta bien recibido, contenido, porque la riqueza está también en no pensar todos los mismo. Los mejores amigos son gente que están en otras Iglesias ya que tengo amigos Adventistas; o amigos que no practican. De ellos uno se nutre y mucho. Uno busca lo que une y no lo que divide.

Sabemos que ha estado con integrantes de otras religiones ni bien llegó…

Sí, me vino a saludar un integrante y como digo siempre, es bueno estar juntos y no mezclados. Más allá de que tenemos distintas maneras de vivir la fe, lo importante es que hay algo que nos une que es Cristo. El mejor recuerdo lo tengo el Rauch donde con un Pastor de allí nos juntábamos en la Navidad a salir a repartir algún presente en las Guardias. Quien está convencido de su fe y consciente de su fe, no duda de su fe y puede compartir espacios con el resto, dialogar y ver qué tenemos en común. Si nosotros no damos idea de unidad, como podemos pretender que otros lo hagan, por ejemplo, en la política. Hay que buscar el conceso que nos une.

¿Utiliza redes sociales?

Poco pero las uso. Por ejemplo, Whastapp o Facebook. Me abrí una cuenta en Instagram pero ni sé lo que es. También me gusta mirar tele en Netflix las series policiales.

¿Qué le hubiera gustado hacer si no hubiera sido cura?

Creo que profesor de Historia o de Filosofía y Letras.

¿Se enamoró alguna vez de una mujer?

(Entre risas responde)… me puede haber gustado alguna pero te aseguro que no me enamoré. Entré muy chico y no hubo tiempo de conocer a un amor. Cuando era chico salía y todo, acompañaba a mi hermana.

El Padre Martín estuvo muy comprometido con el tema de las adicciones. ¿Qué visión tiene al respecto?

Creo que es un problema donde se debe acompañar a la persona y a la familia. No es nada fácil salir. Es un flagelo que nos presiona continuamente. Creo que entre todos tenemos que lograr un compromiso para luchar.

¿Cuesta mucho adaptarse a una nueva comunidad?

Sí que cuesta, pero quizás me cueste menos porque vengo de una comunidad chica como esta. Hay como una especie de duelo que tiene que ir teniendo la gente por el sacerdote que se va, porque se genera confianza y cariño. Y para nosotros es lo mismo, porque además, tenemos que adaptarnos a las nuevas costumbres de la comunidad, y hasta algo tan simple como la nueva casa. Tengo acá una casa grande y no la conozco aún. Para esto no hay ninguna receta sino que uno sabe que está para servir a la comunidad y que estamos de paso.

¿Qué espera de los fieles?

Por ahora estoy observando y espero que puedan encontrarse con el Señor, que uno pueda ser un puente. Uno tiene que estar abierto a todos y a toda la comunidad. El peligro es cuando te quedás solamente con los que tenés cerca. Creo que es un cambio que se está dando, que los sacerdotes salgamos a estar con la gente más allá de estar en un lugar donde la gente te puede encontrar. Soy una persona que me gusta mucho hacer los Bautismo que es un momento de alegría, como también en la despedida de un ser querido, son momentos cruciales. La intención la tengo.